Los malos venden
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 Los malos -que no lo malo- venden

Si estás en torno a la cuarentena (y no nos referimos precisamente al aislamiento) seguramente el nombre de Richard Channing te sonará de algo. Se trata del malo de aquel culebrón norteamericano de los ochenta titulado Falcon Crest (el serial se conocía en algunos países sudamericanos como Las Viñas del Odio) y que contaba las desventuras de una rica familia rodeada de viñedos.

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El actor en cuestión era David Selby, un tipo desgarbado, con mirada un poco torcida y media sonrisa. Un malo simpático. Su contrapunto era Chase Gioberti, que de tan bueno era un soso, hasta el punto que te alegrabas de las desgracias a las que se tenía que enfrentar, aunque siempre acababa ganado.

Y es que los malos, tienen ese punto canalla que nunca pueden aportar los buenos de las películas. ¿No te has imaginado nunca al Coyote, un tipo ingenioso y currante, comiéndose por fin al Correcaminos?

Ese atractivo de lo prohibido, el lado oscuro, ejerce una atracción más fuerte que la de la Estrella de la Muerte. Y los que nos dedicamos a la publicidad lo sabemos. Y cuando tenemos ocasión, y nuestros clientes nos dejan (que dicho de paso es en pocas ocasiones porque les da miedo el qué dirán) lo explotamos con buenos resultados.

Satisfacción vicaria

Pero ojo. No hablamos de la maldad que hace daño. Nos referimos a los malotes simpáticos que nos caen bien porque ellos son capaces de hacer eso que querríamos llevar a cabo nosotros pero a lo que no nos atrevemos por el qué dirán o el miedo a que mamá nos regañe. Es lo que en psicología llaman la satisfacción vicaria (la que se produce a través de terceros)

¿Y no es esa la esencia última de la publicidad? Poner a nuestro alcance, hacernos desear lo que creemos que no podemos conseguir… Como dijo Toni Soprano, uno de los grandes malos pero simpáticos de los últimos años (junto a Walter White, de Breaking Bad): “Me da igual que me tengan miedo. ¡Dirijo un negocio, no un puto concurso de popularidad!” Pues eso.

Y es que los malotes son adictivos, como la Agencia Amor de Madre , unos malotes que saben venderse (y venderte).

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